y tú seguías jadeando, agotado por la rutina, agobiado por el tiempo insaciable, permaneciendo justamente en el lugar donde menos tenías que estar.
y aquí seguía yo, muerta de cansancio, anhelando tu último suspiro, contando las piedras que debería tirar al río de lo perdido.
y ahí seguían ellos, aburridos y crueles, tercos y rebeldes, vulnerables al resplandor, próximos a lo peor.